¿Cómo crear estructuras y dinámicas de gobierno que protejan los vínculos familiares, ordenen el poder y preparen a las nuevas generaciones para participar con responsabilidad? En esta jornada hablamos de los retos reales —emocionales, estratégicos, jurídicos y relacionales— que aparecen cuando una familia empresaria se organiza para decidir, convivir y proyectar su futuro. Una reflexión conjunta que nos ayuda a entender qué diferencia a una buena gobernanza de una gobernanza que solo existe sobre el pape
Exploramos:
Entrevista a Santiago Royo López , CEO de Invext, realizada por Ricardo Molina Oltra durante la tercera jornada del ciclo “Talento, nuevas generaciones y continuidad sostenible”
Ricardo Molina: ¿Podrías resumir brevemente la trayectoria de vuestra empresa familiar?
Santiago Royo: Somos Invext, un grupo familiar centrado en tres áreas: inversiones empresariales, inmobiliarias y financieras. Heredamos una forma de gestión vinculada a nuestros orígenes industriales, con la cohesión familiar como pilar central.
Yo soy de segunda generación. La empresa fue fundada por mis padres en 1973. Mi padre trabajaba por cuenta ajena, pero fabricaba muebles de cocina en casa en su tiempo libre. Empezaron con medios muy limitados y, en 1990, profesionalizaron la producción al adquirir tres naves de 1.200 m². Ese mismo año comenzamos a exportar, especialmente a Alemania, aprovechando la apertura que siguió a la caída del Muro de Berlín. Aunque en España el negocio funcionaba bien, decidieron apostar por la internacionalización. Mi padre, sin idiomas ni formación específica, actuó por pura intuición.
En 1998 se incorpora mi hermano Raúl, quien estructuró los departamentos clave y promovió el primer protocolo familiar. Yo me incorporé en 2006, con interés por el área de inversiones. Detectamos que parte del patrimonio —especialmente el inmobiliario— estaba desatendido y creamos una oficina familiar que nos permitió diversificar más allá del sector industrial.
La crisis de 2008 nos impactó de lleno. Teníamos inversiones ligadas a la construcción, acabábamos de adquirir una fábrica en Polonia y asumido una deuda significativa. Fue necesario refinanciar, aportar capital y asumir avales personales. En 2010, mi padre se jubila formalmente y nos transfiere las acciones. Iniciamos una política de dividendos y el ritmo se aceleró. En 2016 vendimos las naves y dimos entrada a un fondo de capital riesgo, tras un largo proceso de reflexión. Esta operación duplicó el tamaño de la empresa y dio lugar a un segundo protocolo familiar y a la formalización del consejo de administración. En 2021, ese fondo vendió su participación a Roca, cliente y proveedor nuestro desde 2010. Cuatro años después, vendimos el 100%. Dejamos una empresa global y consolidada. A lo largo del tiempo, hemos aprendido a gestionar en paralelo dos dimensiones: la empresarial y la familiar.
Ricardo: ¿Qué os lleva a apostar por la internacionalización en los años noventa?
Santiago: Mi padre tenía una mentalidad abierta. No rechazaba encargos. A pesar de no tener idiomas ni equipo, decidió salir fuera. Alemania veía a España como un centro de producción de bajo coste, y llegamos a enviar tres camiones al día. Era todo muy intuitivo, sin asesores ni estudios de mercado. En aquel momento, pocos se atrevían a dar ese paso.
Ricardo: Entre 1998 y 2006, dais varios pasos que implican riesgo e innovación. ¿Cómo los valoras con perspectiva?
Santiago: Durante los años de bonanza, probamos distintas líneas: grifería, encimeras, cerámica artesanal, lámparas, incluso entramos en el incipiente negocio de trasteros temporales (Blue Space). Pero pronto entendimos que, si no se dedica al nuevo proyecto el mismo esfuerzo que al negocio principal, es difícil sostenerlo. Muchas inversiones carecieron de una estrategia clara y fueron más bien impulsivas. Hasta 2006, operamos de forma bastante oportunista.
Ricardo: En 2006 se produce un cambio de enfoque. ¿Implica también un cambio en la gobernanza?
Santiago: Sí. Mi incorporación coincidió con la necesidad de atender el patrimonio familiar. Mis padres tenían activos sin gestionar, así que trazamos una estrategia inmobiliaria y diferenciamos claramente los órganos de gobierno. Creamos estructuras independientes: un equipo para el negocio industrial y otro para la oficina familiar. Se designaron responsables específicos —como un director financiero y un responsable del family office—, lo que permitió abordar ambas dimensiones con lógica propia.
Ricardo: En 2008 os golpea la crisis. ¿Cómo la afrontasteis?
Santiago: Fue una lección profunda. Yo tenía claro, por experiencias anteriores, que no conviene enamorarse de los negocios. En ese momento, las distintas sociedades estaban muy interconectadas, lo que limitaba la capacidad de diversificación. Propuse rotar las naves ya en 2006, pero no se vendieron hasta 2016. Durante la crisis, la empresa no podía pagar alquileres y tuvimos que capitalizar. Eso forzó una reflexión seria y provocó cambios reales.
Ricardo: ¿Tuvisteis más situaciones inesperadas después?
Santiago: Siempre puede pasar algo. Tras la crisis, llegó la pandemia. Tuvimos la fábrica cerrada seis meses. Luego, la guerra en Ucrania afectó a nuestra planta en Polonia. Concentrar el riesgo en un único activo o país aumenta la vulnerabilidad.
Ricardo: Decidís incorporar un fondo de capital riesgo. ¿Cómo se gestiona esa entrada?
Santiago: La venta de las naves facilitó esa decisión. Queríamos crecer, pero sin concentrar más patrimonio familiar. Evaluamos distintas opciones y seleccionamos un fondo alineado con nuestro objetivo industrial. En cinco años, compramos empresas, duplicamos tamaño y el fondo vendió su participación a Roca.
Tener un socio externo obliga a compartir decisiones, establecer un consejo, formalizar procesos. Fue una exigencia que nos vino bien. Hasta entonces, todo se resolvía internamente, pero el cambio nos ayudó a evolucionar.
Ricardo: ¿Cómo vivisteis el proceso de desinversión definitiva?
Santiago: Vender las naves fue una cosa; vender el negocio completo, otra. Para mis padres fue especialmente difícil. Pero si miras atrás, y recuerdas que empezaron montando armarios en casa, dejar en 2024 un grupo con 1.200 empleados y cinco fábricas compradas por una multinacional… es un cierre lógico. Costó, pero hubo reflexión. Y seguimos construyendo. Mi padre, aunque jubilado, sigue implicado: acude a reuniones, se emociona. La empresa forma parte de nuestra historia familiar.
Ricardo: ¿Cómo está organizada actualmente la gobernanza familiar?
Santiago: Desde 2006 los órganos de gobierno están separados: consejo del negocio por un lado, oficina familiar por otro. Esa estructura permitió una transición ordenada. Aunque el negocio industrial se vendió, la oficina familiar sigue funcionando: con equipo, junta de accionistas, asamblea familiar y consejo con externos.
Mi hermano, tras dejar el negocio, se ha volcado en los nuevos proyectos de Invext. Sin esa preparación previa, el proceso de venta habría sido mucho más complejo.
Ricardo: ¿Qué explica vuestra capacidad para adaptaros y transformaros?
Santiago: Hemos cambiado muchas veces de rumbo, pero siempre con decisión. Si algo debe cambiar, se cambia. Tener órganos formales ha sido clave. En 2007 apostamos por Polonia cuando el contexto en España era favorable. Fue arriesgado, pero acertado. Esa capacidad de compromiso, de pasar semanas fuera trabajando en un proyecto común, es parte de nuestra cultura. Requiere conversación interna, coherencia y voluntad de ejecutar.
Ricardo: Cada uno de los hermanos tenéis tres hijos. ¿Cómo estáis preparando a la siguiente generación?
Santiago: Tienen entre 5 y 16 años. Organizamos actividades por edades, los llevamos a las fábricas, compartimos la historia familiar de forma cercana. No buscamos que trabajen con nosotros, sino que entiendan el legado y se formen como accionistas responsables.
Un hito fue el 50 aniversario de la empresa: organizamos un acto familiar, proyectamos un vídeo en un cine y editamos un libro con las memorias de nuestros padres. Todo eso genera sentido de pertenencia.
Ricardo: Desde tu experiencia, ¿crees que este modelo está al alcance de cualquiera?
Santiago: Nosotros partimos de cero. Lo importante es analizar, salir del día a día, rodearse de buenos equipos y ejecutar con determinación. Muchas veces las ideas se quedan en el papel. Antes de comprar en Polonia, mi hermano viajó tres años consecutivos. La diferencia está en pasar a la acción y en hacerse buenas preguntas cuando todo va bien. Es en esos momentos cuando tienes margen para transformar.
Como cierre del diálogo, José Ramón Sanz destacó el valor ejemplar de la trayectoria de la familia Royo. Subrayó que todo empresario comienza como «un cualquiera», y que los verdaderos límites están en la actitud con la que se enfrentan las decisiones. Citando a Santiago, señaló la importancia de analizar, debatir en familia, decidir con claridad y, una vez convencidos, avanzar con determinación. Para Sanz, familias como los Royo representan a los “campeones ocultos”: empresarios que no buscan visibilidad, pero que ejercen con rigor y naturalidad su oficio. En un entorno donde el conocimiento especializado convive con la experiencia directa, concluyó que por fin se empieza a reconocer que las respuestas a los retos de la empresa familiar deben estar ancladas en la realidad, no en discursos abstractos
La psicóloga clínica y consultora de empresa familiar Yolanda Mora Morera inició su ponencia con una importante afirmación: la empresa familiar no puede gobernarse como una empresa cualquiera.
Aunque las leyes mercantiles y los manuales de management han hecho un esfuerzo por ordenar y regular la vida de las organizaciones, Mora advirtió que estos marcos se quedan cortos cuando entran en escena los vínculos familiares, las emociones no resueltas y la historia compartida. Desde su incorporación a la firma Vaciero en 2019, Mora ha trabajado para que esos elementos se integren en los procesos de acompañamiento. “El carácter de ‘familiar’ no es inocuo”, afirmó. “Cuando no se pone el acento en lo emocional y relacional, la continuidad se ve comprometida”.
Mora destacó uno de los principales desafíos que enfrenta la gobernanza: no existe un modelo ideal aplicable a todas las familias empresarias. Todo depende del momento que vive la empresa, del perfil de sus integrantes y de la generación que esté al mando.
En las empresas de primera generación, el fundador suele haber tomado decisiones en solitario durante años. “Hablamos de personas acostumbradas a pensar, decidir y ejecutar sin intermediarios. ¿Cómo compartir ahora decisiones sobre su proyecto y su patrimonio con un consejo de administración? No es fácil”.
En esta etapa, el consejo asesor puede ser una figura útil: no necesariamente decisoria, pero sí consultiva. Con el tiempo —y si la segunda generación ya está preparada y formada—, puede abrirse el paso hacia un gobierno más compartido. “Al final, esa generación será quien tome las riendas. Pero el tránsito no es automático ni sencillo”.
Según Mora, el momento más conflictivo no suele ser la sucesión en sí, sino la convivencia intergeneracional. “Son dos velocidades distintas, dos experiencias distintas y dos hambres distintas”. El reto está en aprovechar esa diversidad de miradas. La segunda generación suele tener una visión fresca, más conectada con el presente, que puede complementar con la del fundador.
También subrayó un punto crítico: no todos los miembros de la familia necesitan estar en la gestión o en el órgano de administración para aportar valor. Pero quienes no participan activamente deben estar informados y sentirse parte. “Un socio no informado es un socio desconfiado. Y la desconfianza es el principio del fin de una empresa familiar”.
Entre los obstáculos más comunes al institucionalizar el gobierno corporativo están los legados familiares no resueltos. Por ejemplo, la figura del “primero entre iguales”: ese hermano mayor que, por tradición familiar, ha ejercido cierta autoridad sobre los demás y que ahora es, por extensión, administrador único de la empresa.
“Es una figura desagradecida”, advirtió Mora. “Porque cuando hay un problema todos acuden a él, pero cuando intenta ordenar, le recuerdan que no es el padre, sino solo un hermano. Si esta es la estructura, es urgente institucionalizar y repartir responsabilidades”.
Otro escenario conflictivo que se observa con frecuencia es el reparto igualitario de acciones entre dos hermanos. “Este 50/50 es una fórmula que puede conducir al bloqueo”, explicó. “Y la ley lo contempla incluso como causa de disolución”.
Mora ilustró este punto con un ejemplo habitual: un hermano es analítico y meticuloso; el otro, extrovertido y comercial. “Ambos hacen un gran equipo, salvo cuando no se entienden. El analítico ve riesgos donde el comercial ve oportunidades, y el comercial se frustra con la lentitud del otro. Pero ahí es donde está la riqueza: en saber conjugar esas diferencias sin que supongan un atasco”.
Por eso, insistió en la necesidad de establecer mecanismos de desbloqueo y estructuras claras. El consenso, aunque deseable, no puede ser el único camino. “Esperar que todos estén siempre de acuerdo puede convertirse en una trampa mortal”.
Uno de los objetivos debe ser preparar el sistema de gobernanza para la incorporación de nuevas generaciones. “Si viene una tercera generación, lo ideal es que ya estén acostumbrados a tomar decisiones juntos”, señaló. Tener estructuras no basta: hay que ponerlas en funcionamiento y darles rodaje.
En ese proceso, la figura del consejero independiente es especialmente valiosa. “Aporta una voz neutral y una perspectiva enriquecedora. No está implicado emocionalmente ni en la gestión, lo que le permite ver cosas que otros no ven”. Eso sí, reconoció que no siempre es fácil encontrar el perfil adecuado, ni delegar en alguien externo.
El gobierno familiar se estructura habitualmente en tres bloques: consejo de familia, asamblea familiar y family office. Mora centró su exposición en el primero. “El consejo de familia no es obligatorio, lo estamos inventando sobre la marcha, porque hemos visto que solo con lo que marca la ley no basta”.
Eso permite diseñarlo a medida. “Queremos accionistas interesados y responsables, que comprendan los temas de empresa, porque manejan un patrimonio que deben saber defender”, dijo. Inicialmente, este órgano puede tener una función meramente informativa y de cohesión. “Es un foro para hablar de valores, de pertenencia. Y esa pertenencia es clave para la continuidad”.
“La familia, por definición, se protege”, recordó Mora. Por eso, detrás de cualquier conflicto empresarial suele haber un problema de comunicación. No solo importa lo que se dice, sino cómo se dice. “El tono de voz, la postura corporal, la atención que prestamos… todo comunica”.
Para cerrar, recordó un dato especialmente importante: el 93% de lo que comunicamos es no verbal. En contextos donde los lazos personales y profesionales se entrelazan, aprender a leer y cuidar esa comunicación silenciosa puede marcar la diferencia. También eso, concluyó, es parte del legado.
Beatriz Rúa, socia del área Procesal y Concursal de la firma Vaciero, compartió una mirada estratégica sobre los sistemas de gobernanza.
Beatriz es Máster en Liderazgo de Sostenibilidad y RSC por la Escuela de Gobierno de la Universidad Complutense, tiene más de 25 años de experiencia y una trayectoria reconocida por Best Lawyers desde 2014. Rúa subrayó que una buena estructura de gobierno corporativo es la columna vertebral que sostiene la adaptación de las empresas familiares a los nuevos desafíos.
El gobierno corporativo abarca el conjunto de principios, prácticas y mecanismos de control que regulan la gestión empresarial. Su función principal es asegurar que los intereses de los socios, directivos y demás partes interesadas (stakeholders) estén alineados, promoviendo así la transparencia, la confianza y la eficiencia en la toma de decisiones.
De acuerdo con Rúa, una estructura de gobernanza robusta se apoya en tres pilares fundamentales:
Además de organizar el poder y las responsabilidades dentro de la compañía, la gobernanza también debe reflejar los valores y la cultura empresarial. De ahí la importancia de que cada estructura se adapte al tamaño, sector y momento vital de la empresa familiar.
Diseñar una estrategia de gobernanza efectiva requiere partir del propósito, la misión y los valores de la compañía. Estos deben estar en el centro del modelo de gestión para asegurar coherencia entre las decisiones estratégicas y la identidad de la organización.
Beatriz Rúa hizo hincapié en la importancia de incorporar una visión de doble materialidad en la gestión del riesgo: analizar no solo cómo impacta la empresa en la sociedad, sino también cómo los cambios sociales o regulatorios pueden afectar a la propia empresa. Este enfoque permite anticiparse al cambio, identificar oportunidades y blindar la sostenibilidad del negocio.
Contar con una estructura de gobernanza sólida ofrece ventajas directas:
No obstante, implementar una estructura de gobernanza eficaz implica asumir ciertos desafíos. Según Rúa, estos se pueden agrupar en siete bloques:
Superar estos retos exige compromiso, visión estratégica y, sobre todo, una gobernanza viva que evolucione con la empresa.
Más allá del diseño organizativo, es fundamental establecer políticas claras que reflejen los valores de la compañía. Entre ellas destacan:
Estas políticas no solo previenen sanciones legales, sino que también protegen la reputación de la compañía, uno de sus activos más valiosos.
El órgano de administración ya sea unipersonal, mancomunado o colegiado, tiene la responsabilidad de representar a la empresa en todas las acciones vinculadas a su objeto social. Esta función implica una serie de deberes fundamentales:
Deber de diligencia: actuar con la profesionalidad de un empresario prudente, en beneficio de la sociedad y con la información suficiente para tomar decisiones bien fundamentadas.
Deber de lealtad: evitar conflictos de interés, guardar confidencialidad incluso después del cese en el cargo y no aprovecharse de su posición para beneficio propio.
Discrecionalidad empresarial: actuar con libertad en la toma de decisiones estratégicas, siempre que se respeten los principios de buena fe, información suficiente y ausencia de interés personal.
Rúa advirtió que estos deberes tienen un carácter imperativo y que su incumplimiento puede acarrear responsabilidades frente a la empresa, los socios y terceros.
En un contexto de creciente complejidad, la empresa familiar necesita estructuras de gobernanza adaptadas, dinámicas y comprometidas con el propósito de la organización. Como señaló Beatriz Rúa, no se trata solo de cumplir con la normativa, sino de construir un marco que permita anticipar el cambio, tomar mejores decisiones y garantizar la continuidad del legado empresarial.
La gobernanza, bien entendida, no es una estructura represiva. Es un catalizador para una empresa más fuerte, más cohesionada y preparada para los desafíos del presente y del futuro.